Educadores aseguran que, cuando vencen las reticencias de los padres, la evolución de la relación con sus hijos «es muy satisfactoria» Educadores aseguran que, tras la reticencia inicial, la evolución de las relaciones entre padres e hijos «es muy satisfactoria»
Decenas de dibujos infantiles en las paredes reciben al visitante en el punto de encuentro familiar de Bilbao. Las salas repletas de juegos y pintadas en colores cálidos pretenden evitar que los padres que las visitan «se sientan encerrados. Al principio viven lo de la llave», comenta Jon Goikoetxea, educador del centro. Es la incomodidad de los adultos que tienen que esperar tras la puerta cerrada mientras sus ex parejas dejan a los pequeños. Órdenes de alejamiento y conflictos enconados están detrás de esta medida, que se lleva a rajatabla.
«Las primeras veces no vienen a la visita, vienen a cumplir su sentencia y muestran cierta resistencia, porque se sienten vigilados en un espacio desconocido», señala Aitor Erauzkin, responsable de Bizgarri, empresa que gestiona el punto de encuentro. Tampoco para los padres que tienen la custodia resulta sencillo. «Los cambios no son entregas generosas».
Los niños lo viven con más naturalidad. «Para algunos es como un 'txikipark'», apunta Erauzkin. Se intenta que perciban el centro como un lugar seguro, al que se van acostumbrando y en el que al cabo de un tiempo empiezan a encontrarse con otros pequeños. «Coinciden, se conocen y juegan como niños que son», indica el letrado del centro. Aunque en menor medida, también los padres acaban hablando entre ellos.
«Nuestro trabajo es vigilar sin ser figuras de vigilancia», resume el educador. Cada visita se plasma en un informe que pasa a manos de los jueces. Algunas, por orden judicial, se controlan más, por ejemplo si se sospecha que puede haber habido abusos. «La información que proporcionamos es aséptica, la valoración la hace después el juez. Nosotros no somos parte en los procesos».
Lo peor, la Navidad
Una labor fundamental de los educadores consiste en apartar a los pequeños de las guerras cruzadas entre sus progenitores. «Muchas veces salen a la luz problemas como la pensión o quién se queda con la vivienda, y utilizan a los niños para lanzarse culpas».
Otras veces son los hijos los que se niegan a ver a sus padres. «No se les obliga, pero se intenta razonar con ellos para que expliquen el porqué. Los más mayorcitos han interiorizado un discurso y ya es muy difícil sacarlos de ahí». En ocasiones, y siempre a petición de los usuarios, se comparten las salas. Eso alivia un poco la afluencia de gente los fines de semana y festivos. «Aquí los peores días son las vacaciones de Navidad y San Valentín, por la carga emocional que traen consigo», observa Jon Goikoetxea
Con el tiempo, la situación se normaliza en la mayor parte de los casos. «Cuando el centro no existía, las relaciones se rompían por el incumplimiento del régimen de visitas. Ahora no sabemos cuál será la respuesta de estos niños cuando sean mayores, pero al menos tendrán más criterio y no sólo la versión de uno de sus progenitores acerca de lo que ocurrió», concluye.
EL CORREO DIGITAL
R. C./DURANGO
16 de septiembre de 2005
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