Las rupturas afectivas hacen aflorar al producirse todas limitaciones del ser humano, lo peor que llevamos dentro. Las cañas se tornan lanzas y donde hubo mieles antaño ya no quedan más que hieles hogaño. Los seres humanos (y las seras humanas) somos de carácter mudable y tornadizo. Basta a veces un chispazo para arruinar amistades con años de solera. Como las relaciones matrimoniales tienen un carácter más cautivo, las rupturas no se producen a la primera; se van cociendo en su propia salsa y en no pocas ocasiones dejan paso al odio, cuando no están directamente generadas por él.
En medio de una pareja rota, a veces hay hijos. A veces, los distrayentes, (que es, supongo, el antónimo de contrayentes), conservan en medio del desastre algo de cordura para evitar a los hijos las peores consecuencias de la separación: que sus padres los utilicen como rehenes o, peor aún, como arietes para cargar contra la otra parte contratante de la primera parte.
Para las familias que no han resuelto bien el trance, la Diputación abrió dos puntos de encuentro, dos zonas de nadie en las que las familias podían encontrarse para los intercambios de los hijos entre ex-cónyuges o para garantizar el derecho de visita a los niños cuando en lo que fue el hogar familiar hay conflicto. En este último caso y cuando sobre el 'ex' pesa orden de alejamiento, el encuentro se produce bajo vigilancia y, a veces, impidiendo el contacto de 'los ex' mediante el sencillo procedimiento de tener bajo llave a la parte conflictiva, que mayormente es la masculina.
La iniciativa foral ha sido un éxito. En dos años, el servicio se ha demostrado útil y la Federación de Padres y Madres Separados ha pedido que se abran otros seis. Ábranse si se necesitan, aunque es una lástima que en el oficio de tener hijos no pueda implantarse el carné por puntos.
EL CORREO DIGITAL - Vizcaya
SANTIAGO GONZÁLEZ
16 de Septiembre de 2005
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