Aunque la sociedad española ha cambiado de forma profunda, seguimos con los imprevistos “del primer día” sin solucionar. No es que hayamos sido pioneros en el divorcio, es que no hemos sabido implantar las soluciones que, países con mayor tradición divorcista, ya disfrutan desde hace décadas.
Además de la custodia compartida, pilar fundamental de divorcios civilizados en países de nuestro entorno, nos quedan por solucionar cuestiones tan cotidianas cómo inverosímiles. El que los hijos puedan tener dos residencias legales, estar incluidos en la cobertura sanitaria de ambos progenitores trabajadores, que los dos puedan desgravarse por sus vástagos en la declaración de hacienda, que las notas del colegio se expidan por duplicado, que se pida la firma de ambos para matricularlos, son cosas que siguen pendientes y que distorsionan la vida diaria de las familias que han pasado por una separación o divorcio. Parece como si se quisiera negar una realidad, cada día más común, e intentar pasar por alto los efectos colaterales que el divorcio “a la española” acarrea a hijos, madres y padres.
Resulta ridículo convivir con tanto anacronismo, en una sociedad donde se pretende igualdad y progreso, y donde los hijos, fundamento de nuestro futuro, están viviendo un siglo XXI con unas leyes y un código civil, que aunque recientemente ha sido maquillado con humo, sigue tan desfasado como la creencia de que la familia se extingue con el divorcio.
EL TELEGRAFO DIGITAL
20.10.06
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