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Judicializar el matrimonio

El matrimonio, ante Dios o ante el Estado, formaliza el propósito que dos personas tienen de amarse constituyendo una sociedad de convivencia en base a un acuerdo cuya letra grande marcan las normas religiosas y las leyes -según- y cuya letra pequeña conocen los interesados, pues es fruto de sus deseos y pactos íntimos. Si se llega a una situación de ruptura, existen algunos hechos revestidos de una objetividad socialmente compartida que avalan la conveniencia de que tal ruptura se lleve a efecto con la sanción positiva de las leyes. El adulterio y los malos tratos físicos, por ejemplo, ambos susceptibles de ser demostrados con pruebas fehacientes, quiebran con claridad la idea de unidad, compromiso y respeto que, a tenor de la lógica y la ética, parecen necesarios para seguir hablando de matrimonio y de amor.

Pero existe también el pantanoso terreno de los malos tratos psicológicos. Y digo pantanoso, porque el maltrato psicológico unas veces adquiere una realidad incuestionable, claramente mensurable y valorable, y otras veces no sólo pertenece al campo de la subjetividad, sino que su existencia y persistencia es fruto de una aceptación o de una falta de reacción a tiempo de uno de los cónyuges de modo que, en gran medida, representa un problema privado de difícil esclarecimiento.

Muchas veces, familiares y amigos de una pareja no comprenden cómo un cónyuge aguanta tal cosa del otro y, en tales debates, a veces alguien dice comprenderlo porque no es menos verdad que el otro también es muy suyo con el uno. El desenlace de esas discusiones de terceros suele ser: bueno, es cosa de ellos, ellos sabrán, habría que estar dentro para saber a ciencia cierta qué clase de manejo se traen el uno y el otro.

Algunas personas, ella o él, él o ella, son maniáticas del orden, posesivas, celosas, autoritarias, tacañas, controladoras, gritonas, reservadas al extremo, muy independientes, aprensivas, pesadas, locuaces, gastadoras y, en fin, llegan a atesorar altos niveles de obsesión, rareza y compulsión en sus más extraños y feos defectos. Esos defectos radicales, qué duda cabe, causan o llegan a causar un mal psicológico al otro, pero, por lo general, lo que se espera es que el afectado reaccione, plante cara, reprenda y corrija al agraviante o que, caso de no lograrlo, lo abandone.

Sin embargo, ocurre con frecuencia que las acciones de este delicuescente terreno de los defectos radicales acaban ante la mesa de un juez, en un proceso de separación o divorcio, como argumentos de maltrato psicológico. Esto, a mi modo de ver, supone la judicialización de la vida matrimonial, entendiendo por tal el hecho de que se implica a un juez en la resolución de un entuerto que debía haber sido resuelto mediante diálogo o confrontación con ultimátum entre los dos cónyuges o desistimiento de uno de ellos. La separación de bienes y el divorcio rápido sin requisitos y sin imputaciones son algunas medidas previas para evitar que el juez tenga que ocupar el lugar que antes debieron ocupar el psicólogo, la conversación, el sentido común y el coraje decisorio.

EL MUNDO - Manuel Hidalgo
24.04.07

24/04/2007 10:26 Autor: menores. #. Tema: Violencia Doméstica.

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